Aquellos que seguís este blog desde sus orígenes, por aquel ya lejano 2010, habréis notado el descenso en la publicación de artículos.
Por desgracia, no corren buenos tiempos para los blogs, que fueron los amos y señores del contenido en redes sociales hace apenas una década, pero que ahora han quedado relegados por vídeos cortos y vertiginosos que inundan todas las plataformas.
No seré yo quien se queje, por supuesto. La evolución en la forma de comunicarnos sigue su curso a un ritmo vertiginoso: pasamos de los artículos en prensa escrita a los reels en apenas veinte años.
Pero esto, aunque pueda parecer solo un cambio en el medio, es también reflejo de algo más profundo que está ocurriendo en la gastronomía. Y de eso os quiero hablar hoy, saliéndome un poco de los artículos habituales del blog.
La gastronomía en España vivió un auténtico boom hace unos años, lleno de propuestas innovadoras. Sin embargo, de toda aquella explosión creativa, lo que parece haberse asentado son hamburguesas a 17 euros y postres con galleta Lotus en todas partes. Son ejemplos aparentemente inofensivos, pero ilustran bien un fenómeno que es global y que ya está llegando con fuerza a nuestras ciudades. Un fenómeno que lleva años presente en las grandes capitales, siguiendo en todas ellas un mismo patrón.
En 2020, la pandemia supuso un punto de inflexión que aceleró el cierre de locales tradicionales. Al aumento de alquileres y a la falta de relevo generacional se sumó la competencia con grandes cadenas y nuevas tendencias. El resultado ha sido la desaparición de un patrimonio local enorme, y no solo en el ámbito gastronómico, sino también en otros muchos tipos de establecimientos.

La proliferación de franquicias, que hoy inundan los cascos históricos de muchas ciudades, y los llamados food concepts internacionales —como las ya mencionadas hamburgueserías gourmet, los poke bowls, los bubble tea, los brunches — siguen todos la misma lógica: una oferta estandarizada, rápida y bajo una estética “instagrameable”. Hoy puedes estar en el centro de París y comer exactamente lo mismo que en Gijón, Madrid o cualquier ciudad del mundo.
Esto ha derivado en una pérdida casi total de identidad gastronómica. La cocina popular y su recetario tradicional desaparecen del día a día, mientras se homogeneiza la oferta gastronómica para agradar al visitante. Pero justamente, el visitante debería venir buscando lo diferente, lo local, lo auténtico.
Este fenómeno, que muchos autores ya denominan como gastrificación o gastronomificación, es una realidad evidente para cualquiera que viaje mínimamente.
Los hábitos de consumo, el peso de las redes sociales y la escalada de precios están haciendo el resto. La cultura de la inmediatez, muy presente en las nuevas generaciones, aleja cada vez más a las personas de la comida tradicional, de los tiempos largos de cocción, de las sobremesas sin prisa, del disfrute del momento y del espacio.

¿Las consecuencias? La primera, la pérdida de identidad cultural de los territorios. Cada ciudad, cada región, tenía un sabor propio, una forma de comer y compartir. Cuando todas ofrecen lo mismo, las diferencias desaparecen. Y con ellas, desaparece la diversidad, porque priorizamos productos globales en lugar de ingredientes de cercanía, afectando así a los productores y negocios locales.
El encarecimiento del precio de los locales también contribuye a alejar a los negocios tradicionales, que ahora deben orientarse a un público turista y, generalmente, con un mayor poder adquisitivo. Pero quizás lo más triste de todo esto sea la pérdida de la memoria colectiva: la desaparición de espacios donde antes se socializaba de forma natural, como el bar del barrio, el mercado o el chigre del menú del día, ahora sustituidos por locales de comida rápida sin alma.
¿Hay esperanza? Por supuesto. Asturias solo tiene que mirar cómo han reaccionado otras ciudades mucho más grandes para inspirarse. Iniciativas como Barcelona Autèntica en la Ciudad Condal, el proyecto Antojeros CDMX en Ciudad de México, o el movimiento neighborhood food en Nueva York, plantean la gastronomía local como un acto político y social de resistencia frente a la globalización.
Aquí también hay ejemplos valiosos. Desde el Club de Guisanderas, un colectivo de mujeres que reivindica la cocina tradicional asturiana, hasta los numerosos festivales gastronómicos que celebran nuestros platos y productos. Y, por supuesto, la reciente declaración de la Cultura Sidrera Asturiana como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, que ha puesto en valor uno de los pilares de nuestra identidad gastronómica.
El fenómeno de la gastrificación está transformando nuestras ciudades, pero aún hay espacio para resistir. Iniciativas como las mencionadas, que buscan reivindicar lo auténtico, lo local y lo tradicional, son esenciales para frenar la homogeneización de los gustos y sabores. El reto está en seguir adaptándonos a los nuevos tiempos sin perder la esencia que nos hace únicos.
