Hablar de pinchos y tapas en Valladolid es, para mí, volver siempre a un terreno familiar. No es la primera vez que recorro sus calles con una caña en la mano y la mirada puesta en la siguiente barra, y de hecho en el blog ya he dejado constancia de ello en otras ocasiones. En una de mis primeras rutas, De pinchos y tapas por Valladolid, pude conocer algunos de esos locales que ya entonces eran casi obligatorios: Jero, con sus montaditos tan reconocibles como imaginativos; Los Zagales, donde cada pincho parece una pequeña obra de ingeniería culinaria; o Vinotinto, una apuesta más clásica pero infalible para acompañar con buen vino y producto bien hecho.
Años después, volvíamos a la carga con Valladolid de pinchos: tradición y vanguardia en cada bocado, una entrada en la que os mostrábamos cómo la ciudad sigue sabiendo combinar el respeto por la tradición con una creatividad que no se detiene. De nuevo aparecían nombres imprescindibles como Jero o Los Zagales, pero también se reforzaba esa idea de Valladolid como una ciudad que vive el pincho con orgullo, hasta el punto de haber convertido este formato en seña de identidad y motivo de concursos, rutas y peregrinaciones gastronómicas con locales como La Tasquita.
Con esas experiencias previas como punto de partida, esta nueva entrada nace casi de forma natural. Porque, aunque hay bares a los que siempre apetece volver, Valladolid nunca se agota, y cada visita es una excusa perfecta para descubrir nuevos sitios o redescubrir otros desde otra perspectiva. En esta ocasión, la ruta me llevó por locales tan populares como La Mejillonera, siempre animada; La Sepia, donde el producto manda sin artificios; Jero Catedral, que mantiene el espíritu de la casa en un entorno privilegiado; y El Farolito, parada obligatoria para rendirse a unos torreznos que ya son casi leyenda urbana o El Corcho, todo un clásico, donde se hace patente que a veces menos es más.
A partir de aquí, toca entrar al detalle y contar, barra a barra y bocado a bocado, cómo fue esta nueva ruta de pinchos por Valladolid, qué pedí en cada sitio y por qué estos locales merecen un hueco más en este particular mapa gastronómico personal.


Empezamos por La Mejillonera, en su local de la calle Pasión 5-7, a escasos metros de Los Zagales y muy cerca de la Plaza Mayor. Es un local bullicioso, con un constante ir y venir de personas. Cuenta con zona de barra y mesas, así como terraza, ideal para disfrutar de unos ricos mejillones en distintas presentaciones, o de chipirones, calamares o bravas, entre otros.
En nuestra visita probamos los chipirones, los calamares y las bravas. Todo estaba rico, aunque no esperes unos calamares de escándalo: están tiernos y recuerdan a los típicos que podrías encontrar en otros lugares como Madrid. Las patatas de las bravas no eran demasiado contundentes, pero cumplían correctamente su función.
Los precios suelen rondar los 5 € para media ración y 8 la ración completa


Seguimos con todo un clásico de Valladolid, El Corcho, situado en la calle Correos 2. Es un pequeño local, casi impenetrable en hora punta, donde a veces la mejor opción es tomar algo en la calle mientras disfrutas del ambiente.
Sin duda, sus dos opciones más famosas y que centran la carta son las croquetas de jamón ibérico y las tajadas de bacalao. Estas últimas me recordaron inevitablemente a unos soldados de Pavía, aunque en versión más generosa y contundente: menos finos, más carnosos y con un rebozado que cruje desde el primer bocado.
No dejes Valladolid sin probar ambas tapas, auténticas estrellas del local. Los precios son de 1,5 para la croqueta y 2,90 para la tajada de bacalao.



Nos acercamos ahora al Bar La Sepia, en la calle Jesús, justo al llegar a la Plaza Mayor. Es un local típico de tapeo, con una barra central alrededor de la cual la gente disfruta de sus cañas y tapas de pie.
Se trata de todo un clásico de la ciudad, con una carta más amplia que incluye desde patatas alioli o bravas, lacón y pulpo, hasta su estrella indiscutible: la sepia a la plancha. Nosotros optamos por los platos más clásicos. Las patatas alioli me gustaron más que las bravas, que, aunque tenían el punto de picor característico, eran cocidas, y personalmente prefiero que estén fritas. La sepia a la plancha, tierna y sabrosa, sigue siendo sin duda el plato estrella de este local.
Los precios de la ración de sepia es de 9,50 y 6,60 para la media, y las de patatas es de 4 € o 2,90 la media.


Terminamos nuestra ruta junto a la Catedral, empezando por El Farolito, situado en la calle Núñez de Arce 1, esquina con Cascajales. El local cuenta con una amplia terraza, ideal para disfrutar de un buen vino mientras te deleitas con sus famosos torreznos, auténtica leyenda urbana de Valladolid. Un lugar perfecto para dejarse llevar por el tapeo más clásico, sencillo y absolutamente sabroso.
Los precios de los torreznos es de 3 € la tapat y 5,50 la ración y de los montaditos son de media de
Un poco más adelante, por la calle Cascajales, llegamos a Jero Catedral. Ya conocíamos el local de la calle Correos, pero esta vez probamos la terraza de su local en la calle Arribas, esquina con Cascajales. Aquí disfrutamos del canapé Navideño, una combinación de mousse de foie, mermelada de manzana, foie fresco a la plancha y reducción de PX con pasas. Es difícil que algo así salga mal, y efectivamente fue un acierto seguro: una pequeña maravilla en cada bocado que mantiene la esencia y creatividad que caracteriza a Jero.
Esta ruta vuelve a confirmarme algo que ya intuía desde hace años: Valladolid es una ciudad que se entiende a través de sus barras. Da igual cuántas veces regreses o cuántos locales conozcas de memoria, siempre hay un motivo para volver a salir, pedir otra caña y dejarse llevar por lo que ofrece el siguiente bar. Desde propuestas sencillas y directas como La Mejillonera o La Sepia, hasta clásicos que nunca fallan como El Corcho o El Farolito, pasando por apuestas más elaboradas como Jero Catedral, la ciudad ofrece un equilibrio casi perfecto entre tradición y disfrute sin complicaciones.
Lo mejor de todo es que no hace falta grandes planes ni ocasiones especiales: basta con echarse a la calle, con buena compañía, y dejarse llevar por el ambiente, aceptando que, en Valladolid, el tapeo es una forma de vivir la ciudad. Esta no será, seguro, la última ruta ni la última entrada dedicada a sus pinchos, porque siempre queda una barra pendiente, una tapa por descubrir o un clásico al que volver. Y eso, al final, es parte de la magia.
