La Excusa Perfecta: cuando las expectativas juegan en contra

Hay restaurantes a los que llegas sin demasiadas expectativas y sales pensando que has descubierto un sitio al que volver. Y hay otros en los que ocurre justamente lo contrario: llegas con las expectativas altas y, cuando terminas, te queda esa sensación difícil de explicar de “¿y esto era todo?”. Eso es precisamente lo que me ha pasado en La Excusa Perfecta, en Gijón.

La Excusa Perfecta está en la calle San Bernardo, 8, en pleno casco histórico de Gijón, en una de esas calles del centro que invitan a salir a comer y a perderse después por la ciudad. El local tiene un aspecto moderno y cuidado, con una decoración bastante actual y una cocina abierta que permite ver parte del trabajo que se realiza durante el servicio. Es un espacio agradable, sin grandes pretensiones en cuanto a tamaño, pero bien aprovechado y con una imagen que encaja perfectamente con la filosofía del restaurante: una propuesta gastronómica que busca ir un poco más allá del plato y convertir la comida en una experiencia. En su web podéis ver su carta, muy original ya que incorpora una breve descripción y un video del montaje final y presentación, lo cual ayuda y motiva a elegir.

No voy a decir que hayamos comido mal, porque no sería cierto. Tampoco voy a decir que el precio sea desorbitado: éramos tres personas, compartimos cuatro raciones, tomamos varias cañas, agua y pan, y pagamos alrededor de 29 euros por persona, propina incluida. El problema fue otro. Después de haber leído tantas opiniones positivas y de encontrarnos ante una propuesta que apuesta por la creatividad, la fusión y la reinterpretación de platos, esperaba encontrar algo más. Algo que me sorprendiera. Y, sinceramente, en nuestra visita me surgieron varias dudas.

Comenzamos con el denominado Ta´Croqueta, una croqueta de cochinita pibil, presentada en taco, y premio a la mejor croqueta de Gijón en 2022 El sabor estaba conseguido. Si te gusta la cochinita pibil, aquí la encuentras: reconocible, sabrosa y con ese perfil especiado que esperamos de este plato. Pero precisamente aquí me surgió la primera pregunta de la comida: ¿Qué aporta convertir la cochinita pibil en una croqueta si después la vamos a comer dentro de un taco? La combinación funciona, sí, pero no estoy seguro de que la elaboración aporte algo realmente diferencial al plato. A veces tenemos la sensación de que en la cocina actual se transforman las cosas porque sí, cuando la verdadera dificultad está en conseguir que esa transformación mejore el producto original. En este caso, para mí, no estaba tan claro, si bien esta muy buena.

Continuamos con el torrezno con crema de patata y chimichurri. Aquí sí encontramos cosas que nos gustaron. La crema de patata estaba rica, el torrezno también y, en conjunto, el plato tenía una buena base. El problema lo encontré en el chimichurri. Para mi gusto, tenía demasiado protagonismo y terminaba tapando tanto la crema de patata como el propio torrezno. Quizá una solución tan sencilla como presentarlo aparte permitiría que cada comensal añadiese la cantidad que quisiera y, sobre todo, que pudiera disfrutar primero del producto sin que el chimichurri se convirtiese en el sabor dominante. Es una cuestión de equilibrio.

Después llegaron los huevos cabreados, elaborados con salsa brava casera y terminados con jamón ibérico, una receta original del Bodegón de Ponferrada y elaborada con huevos de la granja madrileña Cobardes y Gallinas. Y aquí voy a ser un poco más crítico, porque una cosa es que un plato no te entusiasme y otra que algunos de sus elementos te hagan plantearte si realmente están a la altura de lo que se anuncia.

El jamón se presenta como jamón ibérico y, viendo el producto que llegó a la mesa, a mí personalmente me generó dudas. Se puede observar en la fotografía. No soy un experto certificador de jamones ni pretendo afirmar categóricamente que no fuera ibérico. Pero su aspecto no me pareció especialmente característico de lo que yo espero de un jamón ibérico. En la fotografía se puede apreciar un color bastante rosado, pálido, mate y uniforme. Tampoco se aprecia demasiado el veteado y la infiltración de grasa que solemos asociar visualmente a determinadas piezas de ibérico. La grasa exterior, además, me pareció más blanca y limpia que amarillenta y oleosa.

¿Significa eso que no era ibérico? Sinceramente no lo sé, pero sí significa que a mí el producto no me convenció, especialmente teniendo en cuenta cómo se presenta dentro de la carta.

Luego se destaca que los huevos son de Cobardes y Gallinas, lo que debemos percibir, como una selección y una preocupación por la materia prima, pero posteriormente me plantea la cuestión de saber si no es posible obtener huevos de idéntica calidad en proximidad, que creo son gestos que también dicen mucho de las apuestas gastronómicas de la hostelería.

Por último estaba la salsa. Me pareció excesivamente subida de pimentón. Su sabor terminaba imponiéndose sobre el resto de ingredientes y hacía que el conjunto perdiera equilibrio. Además, encontramos un ligero punto amargo que, aunque muy suave, me hizo pensar en una posible cocción excesiva del mismo. Aquí quizá sea cuestión de gustos, pero personalmente creo que una salsa brava tiene que aportar picante, profundidad y sabor sin convertirse en el único sabor del plato. Y en este caso, para nosotros, el pimentón mandaba demasiado.

Terminamos con el brazuelo de buey guisado con patata trabajada, elaborado con carne de la conocida Bodega El Capricho. Y aquí nos encontramos con una paradoja. El guiso estaba rico. La carne estaba bien cocinada y el conjunto era agradable. Pero volvemos a la pregunta que me acompañó durante buena parte de la comida: ¿Qué aporta realmente el apellido El Capricho al resultado final? Porque, al menos en nuestra experiencia, aquello no me pareció sustancialmente superior a lo que puede ofrecer un buen guiso tradicional de ternera asturiana por decir algo. Y eso, para mí, es importante. Si utilizas un producto con el prestigio de El Capricho como elemento protagonista del plato, espero que al probarlo pueda entender por qué ese producto es especial. Aquí no lo encontré. Era un buen guiso, sin duda, pero no era un guiso que me hiciera pensar que estaba ante algo extraordinario.

El servicio fue perfecto: atentos, amables y pendientes de nosotros durante toda la comida, sin resultar invasivos. El precio fue de unos 29 euros por persona, con varias cañas, agua, pan y propina, lo cual no me parece una barbaridad para una comida en Gijón hoy dia.

La Excusa Perfecta tiene unas valoraciones excelentes en diferentes plataformas y plantea una cocina que, al menos sobre el papel, busca hacer algo diferente. Con esa expectativa, esperas que el plato te lo confirme. Esperas terminar una elaboración y pensar: “Esto sí que merece la pena”, pero en nuestra visita no tuvimos prácticamente ese momento.

Encontramos una croqueta de cochinita pibil rica, pero cuya transformación en croqueta no terminamos de entender. Unos torreznos buenos, con una crema de patata agradable, pero con un chimichurri que, para mi gusto, dominaba demasiado. Unos huevos cabreados en los que el pimentón se llevaba demasiado protagonismo y cuyo jamón ibérico me generó dudas. Y un brazuelo de buey de El Capricho que estaba rico, pero que no me pareció ofrecer algo que no pueda conseguirse con un buen guiso de ternera.

La Excusa Perfecta no nos dio una mala comida. Nos dio una comida demasiado correcta para las expectativas que llevaba encima. Y cuando después de cuatro platos no hay ninguno que realmente te haga levantar una ceja, recordar un sabor o pensar “tengo que volver para probar esto otra vez”, cuesta encontrar la excusa perfecta para regresar, pero como sabéis esto es una visión personal y particular. Lo recomiendo, si claro. A mi me planteo alguna duda alguna elaboración, pero ni comeréis mal ni os antedirán mal ni será un atraco.

¿Vosotros lo habéis visitado? ¿qué os ha parecido? ¿habéis tenido la misma sensación? Os leo en comentarios.


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